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Mujer on constant sorrow

Arte y parte

Babel

Babel

La torre de Babel

(Pieter Brueghel, El Viejo) 

"Die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt"

("Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo")

Ludwig Wittgenstein

Pensé que hablar varias lenguas me ayudaría a  entender el mundo. De eso hace algunos años y algunas lenguas. Y me empeñé, vaya si me empeñé.

 

Hoy no lo tengo tan claro, aunque el gusanillo sigue viviendo en mi estómago. Ahora intuyo que hay una lengua que no se enseña, pero que es el pasaporte para cruzar casi todas las fronteras.

Y no hablo necesariamente del amor. O, al menos, no solamente.

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Madame X

Madame X

Madame X tenía inicialmente nombre propio. Y no me refiero a la señora en cuestión, sino al cuadro. Pero estamos a finales del siglo XIX y que el autor, John Singer Sargent, decidió quitar el nombre propio y dejar a la dama envuelta en el misterio del anonimato, tal fue el revuelo que se levantó en la presentación publica del retrato. La llamó simplemente X y con ello terminó de cerrar el envoltorio de misterio con que había pintado su mejor obra.

 

De hecho, yo conocí antes el nombre que el cuadro y me moría de ganas por ver la silueta de la mujer que el pintor había querido llamar de ese modo tan misterioso y sensual. Luego uno ve el cuadro y puede pensar que es un retrato más. Pero si dedicamos una segunda mirada, que merece a todas luces, descubriremos mucho más.

 

Madame X esconde tanto como enseña. Y en este juego de luces y sombras descubrimos mucho de ella. Su vestido de raso negro, abierto sobre el pecho en un generoso escote en forma de corazón, deja a la vista una piel blanquísima, casi transparente, que contrasta con el color rotundo del traje de fiesta. Sugerencia, por tanto, incluso descarada diría yo. Pero también distancia. Madame X no nos mira de cara, sino que aparece de perfil al espectador, en una postura extraña para un retrato de cuerpo entero. Su perfil es fino y elegante, de líneas delicadísimas y pone en primer plano un elemento atípico: su oreja, iluminada por un rubor que resalta sobre la porcelana del resto de su cuerpo. ¿Atiende una llamada Madame X y por eso no nos mira? ¿O Tal vez espera oír algo por parte del espectador que la mira sin pudor y la prudencia le hace mostrarse distante?

 

Pero volvamos a la postura. Vestida de fiesta, se encuentra seguramente en un lugar concurrido. ¿Qué la lleva a esa esquina solitaria? Y, sobre todo, ¿qué tormenta interna la hace agarrase de ese modo forzado a la mesa, mientras con la otra mano se recoge el vestido? ¿Quiere quedarse? ¿Quiere partir? Madame X no se nos muestra con la típca placidez del retrato académico decimonónico femenino, sino que la encontramos en una encrucijada. Bella, elegante y seguramente culta, Madame X representa la encrucijada en que la mujer se ha encontrado desde principios del siglo pasado. Ese saber y querer poder, sin terminar de encontrar su lugar, pero también el juego de sugerente distancia y velada seducción que forma parte de toda mujer, aún hoy. Por eso Madame X es un retrato moderno.

 

Al hombre de finales del XIX le tocó asistir al inicio del cambio en la mentalidad femenina, a la toma de conciencia de sus posibilidades, y la consideraba por ello un ser extremadamente peligroso, misterioso y extraño que no comprendía. Así, se afanó en representarla nostágicamente como un ser divino y angelical al que glorificar desde lejos en la seguridad de que no existe, o bien como imagen de todos los males y peligros del mundo, en forma de seres sabios pero negativos para la imaginería popular (brujas, circes, hechiceras, etc…).

 

John Singer Sargent, en cambio, va más allá y se atreve con una sinfonía de matices. Sargent nos sorprende por ser capaz de resumir un cambio de conciencia en el subconsciente femenino y por hacerlo de una forma tan bella y sensual. Madame X es la hechicera sabia y seductora, pero es también el ángel que ha de ser admirado. Una obra maestra, sin entrar en cuestiones técnicas que dejo a los expertos. Sin embargo, dejando esas cuestiones a parte, a mí cuando miro el cuadro me asalta siempre una duda. Dicen que detrás de un hombre siempre hay una gran mujer, pero ¿qué clase de hombre hay detrás de Madame X? ¿Qué nos mostraría el retrato de Monsieur X?

El Tigre

El Tigre

 Tiger, Franz Marc (1912)

“Tiger! Tiger! burning bright
In the forests of the night,
What immortal hand or eye
Could frame thy fearful symmetry?”
 

The Tiger, William Blake

Llevas el universo reflejado en tu piel

 

y en tus ojos

 

pueden leerse todos los libros.

 

Te arde dentro un fuego primigenio,

 

terrible,

 

casi olvidado ya,

 

que se dibuja en llamaradas negras,

 

simétricas,

 

perfectas.

 

Tranquilo, sin embargo,

 

transmites la sabiduría infinita

 

de los  tiempos

 

que casi no se pueden contar.

 

Nos intuyes,

 

nos miras apenas,

 

para decir sin palabras:

 “No me molestéis. ¿No veis

que no os necesito?

 

Desafiante,

 

orgulloso,

 

sabio.

 

Imprevisible.

 

Tu mirada es la expresión

 del deseo más intimo de la Naturaleza. 

Los amantes

Los amantes

Los amantes (René Magritte)

Y estos dos ¿tendrán algo que celebrar?

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P.D.: Como no suelo hacer caso a los médicos, cierro el negocio y me voy unos días de viaje. A mi vuelta cuento.

P.D.2: Happy "blue Valentine", my dear (y perdona la contradicción). Una canción en un blog me ha hecho pensar en tí en este día tan ñoño. Sorry.

Besos. 

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Tenía corazón

Tenía corazón

Anatomía del corazón (¡Y tenía corazón!)

Enrique Simonet

Dos ojos brillantes en la noche. Eso le parecieron los dos focos que surgieron de la nada. Entonces, un golpe seco; una pirueta mortal; un charco de latidos aún calientes esparcidos por el suelo.

No hubo dolor, sólo sorpresa ante la inmediatez de lo inevitable. Y una certeza:

"Así que era esto, morirse... ¡Qué poca poesía! Menos mal que nadie ha vuelto para contarlo. Si alguien llega a enterarse se echarían a perder tantos siglos de literatura... La poesía se queda a este lado de la frontera".

Eso pensó y se esforzó por echarle la última sonrisa torcida a la vida.

Noche estrellada, luna de enamorados, frío silencioso y la soledad perfecta. Sí, la poesía se había quedado a este lado de la frontera, donde aún latía sobre la acera el calor de lo que fue un corazón.   

"El coño soy yo"

"El coño soy yo"

Dicen que eso fue lo que dijo Gustave Courbet una vez que se le preguntó sobre la identidad de la modelo a la que había retratado en tan comprometedora postura.

Adoro este cuadro que descubrí un día paseando por una de las salas laterales de la planta baja del Museo Orsay de París. Me fascina su historia errante, pasando de mano en mano, escondido incluso bajo otros lienzos, atrayendo y avergonzando por igual a artistas, marchantes y compradores a través del siglo XX. 

Y sin embargo, nada más natural que lo que representa. ¿O tal vez no? El título por el que se le conoce le fue dado mucho después de haber sido pintado, en un intento, creo yo,  por condicionar la idea que debía desprenderse de la imagen. Lo llamaron “L’Origine du Monde”  (El origen del mundo) y consiguieron con ello que sensualidad y procreación quedaran bien selladas en la mente del observador. Pero el cuadro es mucho más. Cuando lo miro procuro olvidarme del título y dejarme llevar por la imagen. ¿Es un cuerpo que llama? ¿Es el deseo? ¿O es un cuerpo que descansa tras la batalla? En cualquier caso es una imagen bellísima, llena de delicado erotismo y de feminidad. Es un cuerpo que desea y se hace desear; es una invitación expresada con una desconcertante naturalidad cargada de matices. Así lo interpreto yo. 

Mirar el cuadro y pensar en su historia me suele llevar a reírme de nuestra pretendidamente desinhibida sociedad occidental del siglo XXI. Hoy en día el cuadro se expone en uno de los museos más importantes del mundo, pero no debemos engañarnos ni pensar que estamos a años luz de los coetáneos de Courbet, al menos como sociedad. Sabemos ser explícitos o más bien hemos aceptado que el sexo y el erotismo pueden ser explícitos, pero poco más. Y si no, que mire cada uno en su dormitorio y haga examen de conciencia.

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